Iglesia de San Lorenzo

A comienzos del siglo XIII, en el año 1230, se construyó la iglesia de San Lorenzo, una de las dos iglesias -junto a la de San Saturnino o San Cernin- que tenía el burgo de San Cernin. Esta dualidad era una característica excepcional debido a que en el antiguo burgo convivían francos y labradores. Este antiquísimo templo, que al igual que los otros dos que existían en la antigua Pamplona tenía un doble objetivo religioso y militar, permaneció en pie durante varios siglos, con ligeras modificaciones, hasta que en 1696 se construyó una capilla anexa en honor a San Fermín, copatrono de Navarra. La iglesia actual, de estilo neoclásico, se levantó en el siglo XVIII para sustiuir al ruinoso templo original, del que tan sólo quedó una de las torres defensivas que, a día de hoy, sigue en pie. Desde la lejanía y entre los árboles que hay frente al parque de la Taconera despuntan las cúpulas del templo, realizadas en ladrillo finamente trabajado, al igual que la fachada, donde destacan pequeños mosaicos de porcelana de color con el escudo de la ciudad. Tras cruzar el umbral y apartar la pesada puerta de madera, de un color rojizo, el interior de la iglesia, muy luminoso, se extiende en un único cuerpo. A mano derecha se encuentra una de las joyas de la iglesia de San Lorenzo, la capilla de San Fermín, flanqueada por una alta verja que permanece abierta. Las bóvedas, de medio punto con casetones hexagonales en los que se inscriben florones dorados, conducen hasta el altar, donde se encuentra la figura y reliquias del santo. Sobre el tramo central de la capilla se erige una cúpula sobre pechinas, con cuatro medallones enmarcados que representan a San Fermín, San Francisco Javier, San Saturnino y San Honesto. El copatrón de Navarra preside la capilla neoclásica. La talla de medio cuerpo, del siglo XV, está realizada en madera policromada y guarnecida en plata. Se trata de una imagen-relicario, ya que en el pecho alberga varias reliquias del santo traídas desde Amiens. El rostro se encuentra ennegrecido a causa del humo de las velas que durante siglos los pamploneses han puesto a su alrededor, por lo que se le conoce con el nombre de “el morenico”.

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