Plaza de los Fueros

En uno de los extremos de la Vuelta del Castillo, donde la avenida de Zaragoza tropieza con un buen puñado de calles, tres pasadizos subterráneos enladrillados se hunden bajo el suelo pamplonés. Los tres corredores desembocan a los pocos metros en la plaza de los Fueros. Una plaza circular, adoquinada en su interior, sumergida a los pies de la imponente iglesia de los Paules, que se alza a un lado. Unos bancos de madera rojiza envuelven el núcleo de esta superficie, acompañados por un colorido mural –de 52 metros de ancho por 3 de largo– en el que desde 2001 aparecen dibujados varios puntos de interés de la ciudad, como el quiosco de la plaza del Castillo. Una docena de árboles, dispuestos de forma irregular sobre los jardines que cubren la plaza, completan el paisaje de esta superficie de 18.000 metros cuadrados. El tráfico, incesante, fluye unos metros por encima, tal y como previeron los arquitectos que diseñaron esta glorieta en los años 70 del siglo XX. El ayuntamiento de Pamplona encomendó, en esa época, a Rafael Moneo y Estanis de la Quadra Salcedo este proyecto, con el objetivo de continuar con la urbanización de la ciudad a la vez que se regulaba el tráfico de vehículos en esta zona. Su gran extensión y su excelente ubicación hacen de la plaza de los Fueros un lugar ideal para la organización de exposiciones, eventos de deporte regional e incluso conciertos, como ocurre en las fiestas de San Fermín, cuando un improvisado escenario se instala en medio de la plaza y diariamente alberga varias actuaciones musicales.

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