Puente de Santa Engracia

A escasos metros de una de las zonas más transitadas por vehículos, con frecuentes atascos y sonoros bocinazos, aparece la figura imperturbable del puente de Santa Engracia. Un coqueto viaducto, cuya construcción se remonta a una época anterior al siglo XIII. Posibilitaba, en aquel tiempo, el acceso a la ciudad por el Norte. Este puente se eleva sobre el Arga con un reconocible estilo gótico, empedrado, con tres arcos ligeramente puntiagudos por los que fluye el río, dando una sensación de tranquilidad, sosiego, si se observa en conjunto con la pequeña presa de agua que puede apreciarse a su lado y los chopos acomodados en la orilla. Aunque en un primer momento se denominó puente de Mazón –por la proximidad en sus orígenes a un molino con el mismo nombre–, desde que en 1227 el convento de las Clarisas de Santa Engracia se instalara a escasos metros, se produjo el cambio de designación definitivo. Pese a que el nombre no varió, el mencionado convento desapareció en el siglo XVIII. En la actualidad este viaducto ejerce como uno de los nexos de unión que existen entre la avenida de Guipúzcoa y el barrio de la Rochapea, junto con los puentes levantados posteriormente –el de Oblatas y el de Cuatrovientos–, los cuales permiten además el paso de vehículos. En uno de los extremos del puente, el que se sitúa en la avenida de Guipúzcoa, se encuentra una cruz de piedra, de la que se desconoce su origen pero que cuenta con varias gemelas en otros puntos de la capital navarra. Cientos de caminantes cruzan diariamente este vestigio gótico que cuenta con más de setecientos años de historia mientras disfrutan de un paseo por el parque fluvial del Arga.